
La han pillado metiéndose coca, una raya de nieve enorme y blanca como un tranvía que la teletransportara a otro mundo más tranquilo que el suyo. En los anuncios, sus pupilas fijas e insomnes miraban a la cámara con un punto de fuga, como si viera cosas que no estaban delante de ella, porque delante de ella sólo había adulación, nada. Miraba como si se hubiera despegado del mundo y sólo la sensualidad de su rostro la mantuviera desganadamente apegada al suelo donde habitamos el resto de los mortales. Su reino no era de este mundo, sino de CK One. Sus ojos descargaban una belleza triste, como una perenne desgracia a la que todos fuéramos a sucumbir sin remedio.
Su cuerpo, tan minimalista que rozaba lo andrógino, sometido al hambre y al alcohol, era la morada adecuada para la frígida ternura que deslumbraba desde los carteles que se encaramaban a los hormigones como espejismos anoréxicos. Su narcisismo, su delgadez, su dulzura helada, se complacía con el deseo masculino, sin sentir la necesidad de devolverlo. Su insatisfacción se intentó transformar en poesía visual, pero al final esa ausencia triste ha terminado por explotar en un camerino lleno de nieve que algún camello-novio le proveía con continuidad. La hipocresía de ese mundillo de anorexia y mujercitas frígidas adictas, ha estallado en toda su crudeza. Todo este mundo de moda e imagen, es una vulgar y enorme estructura que destruye y corroe a casi todas las chicas que trabajan en las pasarelas. No es normal que las tasas de drogadicción, rupturas amorosas, alcoholismo, anorexia, maltrato psicológico sean tan elevadas, por mucho que Karl Lagerfeld la haya defendido contra viento y marea, porque para él el esnifar coca e ir por la vida hecho un zombi lleno de rimel es una cosa de lo más normal. Los dioses de la moda como tú, Kart, deben de estar locos, para creer que eso es el Olimpo de la gloria.
No hay comentarios:
Publicar un comentario